Siento la mirada burlona, prejuiciosa y jusgante de los que pasan por mi frente. Algunos le dan unos centavos, otros simplemente desarrollan muecas de disgusto en sus rostros. Mendigando, pidiendo limosnas en las calles, y en los vagones de los trenes, así se le pasan a los días a quien ahora me tiene como inquilino mental. Pero esas miradas de repudio, de lastima, de asco y desprecio, me desmoralizan y me castigan. Yo sé que no son dirigidas a mi, pero estoy en este cuerpo y siento lo que él siente. Siento el placer y el infierno de su vicio, siento su desesperación y sus ganas de acabarlo todo. Siento su falta de fuerza para vencer sus demonios, siento su impotencia, y su miedo. Este hombre vive en una oscuridad más áspera y desesperante que la mía. Vive sin esperanzas, no tiene anhelos, y aparentemente se le gastaron los sueños. A mí por lo menos me queda la esperanza de que algún día recobraré la memoria y que esta no será mi última estación, porque si este soy yo, si esta es mi vida real, entonces casi todo está perdido. ¡Coño no había pensado en esa posibilidad!
Que difícil ha sido esta existencia desde que se me consumieron los recuerdos. Me gustaría recordar aunque sea malos momentos. Estaría dispuesto a revivir hasta los más crueles episodios que talvez me tocó vivir. Talvez de esa manera podría sentir que alguna vez estuve vivo o por lo menos que fui mas real de lo que ahora soy. Este lugar, este retazo de tiempo que estoy experimentando, no es muy alentador, es deprimente, caótico e inmundo. Unas paredes mal pintadas, descascaradas, y sucias, dominan el ambiente de este cuarto pequeño y apestoso. Un olor a orine añejado me produce nauseas y miedo. No estoy solo, tirado en el piso hay cuatro personas a las cuales no parece molestarle la podredumbre con la que se viste este pequeño aposento. Pero yo también sigo aquí, sin ánimos ni fuerzas de salir corriendo. ¿Por qué sigo aquí, porque no me he ido? Mi ropa esta tan sucia como la de los que comparten el cuarto conmigo. Mis pantalones están tapizados de manchas, de sucio y de un insoportable olor a descuido. ¿Por qué sigo aquí, porque no me he ido? La jeringa en mi brazo me dio la respuesta. ¡Que maldición! Estoy viviendo en el cuerpo de un adicto. Esa es la razón por la que sigo aquí, en este cuarto asqueroso y deplorable. Esa es la razón por la que ropa apesta a orine, a descuido y porquerías dañadas. ¿Quién Serra este desdichado a donde ahora mismo resido?
La pregunta se me ocurrió cuando la imagen que devolvía el espejo de aquel baño estrecho y poco aseado era la de un cuello adornado de suásticas, como si fueran un collar. Todavía sigo sin saber nada de mi historia, todavía no recuerdo nada, y ahora estoy residiendo dentro de un tal Dolan Wintchester. Desde este cuerpo o desde este cerebro, las cosas se ven muy sucias, muy mugrientas y podridas. Este es el lugar más oscuro que he visitado, y decir eso, ya es decir mucho, porque desde que esta ausencia de recuerdos me ha arropado, he vivido en penumbras. He vivido la última parte de mi vida mirándolo todo a través de los ojos de esos, que sin saberlo me han dado alojamiento en sus vidas. Aquí donde estoy ahora, existe mucho odio. Dolan odia a casi todo el mundo, él odia a los negros, a los gays, a los judíos y especialmente odia a los latinos. Por eso me preguntaba a mí mismo si yo era latino. Yo sé que escribo en español, pero eso no me hace latino, ya que Dolan habla en español cada vez que quiere descargar su odio hacía esos latinos que según él le están robando a su raza la oportunidad de trabajar. Yo no quiero estar aquí, yo siento el desprecio y el odio con el que él mira a todos los que no son como él. Él está dispuesto a matar, la idea le cruza repetidamente por la cabeza. Entretiene morbosamente, fantasías de un exterminio masivo, un nuevo holocausto, que según él, ayudará a su gente, y a esta nación. Estoy incomodo, este es el peor lugar para mi, aquí todo es negativo, todo se basa en niveles de odios, en venganzas, en planes macabros y en una estupidez tan arraigada como el odio que domina cada segundo de su vida.
Existe la posibilidad de que esta maldita situación de no acordarme de lo que fui, sea simplemente un mecanismo mental que me quiere evitar el disgusto de saberme un fracasado. Después de todo este tiempo, no me atrevo a desechar ninguna posibilidad. Talvez ha sido una maniobra piadosa de mi mente, para evitarme la mortificación de saberme una porquería, menos que nada, o una insignificancia. Existen tantas posibilidades, talvez fracasé en el amor, talvez nunca lo obtuve, o no lo supe retener. Talvez el fracaso fue como padre, talvez no le di un buen ejemplo a esos que dependían de mi fortaleza y de mi guía. “Fracasado”, hasta la palabra da asco y miedo. ¿Qué le ha de pasar por la mente a una persona, cuando se da cuenta que esa es la palabra que los define con más exactitud? Todos queremos ser brillantes y admirados, nadie planea un viaje de ida al fracaso, por lo menos no concientemente, pero desafortunadamente, son muchos los que llegan y se radican indefinidamente en los infiernos del fracaso. Aquí en este limbo misterioso y hermético, el fracaso se convierte cada día, en más que una posibilidad, lentamente se quiere convertir en la causa, en la piedra que provocó mi posible tropezón y obvio descenso a este indescifrable y maldito estado de vivir que gobierna mi existencia.
Ya estoy harto de vivir en la vida de otro, de no ser dueño ni del cuerpo en el cual se refugia lo que ahora soy. Estoy cansado de no tener mis propias historias que contar, todas las historias que ahora tengo disponible, pertenecen a esos cuepos que sin darse cuenta me dan asilo y amparo. Me hace falta lo que desconozco, o lo que me fue erradicado de la mente. Quiero volver a tener mi propia piel, para sentir la tibieza o la frialdad de los seres que me querían cuando todavía poseia mi propio cuerpo e identidad. ¡Necesito desesperadamente mi propia piel.!
La tinta sigue sin manchar su textura, la página sigue igual, blanca, pura, virginal, sin manchas en forma de palabras, sigue sin ideas ni anécdotas, y mucho menos intentos de recuerdos. Son tantas las inquietudes que luchan en mi mente que no sé a cual atacar primero. Ahí están todas las preguntas sobre mi existencia, también las preguntas sobre mis seres queridos, y sobre todo las preguntas sobre como voy a resolver mi situación. Javier tiene más de una hora pidiéndole a su Dios que le conseda un milagro, yo no sé si es el mismo Dios que me tiene en esta situación, pero de todas maneras me involucro en su oración, pido que la luz llegue a mis recuerdos. La página sigue sin extrenarse, las palabras reusan acomodarse entre las lineas azules, no quieren convertirse en oraciones, no me estan haciendo el favor de dejar que el papel sea mi único medio de comunicación.
Estoy casi seguro que si me pudiera acordar de la voz de mamá, el simple sonido de sus palabras pudieran darme el calor que necesitan estos días frios de un invieno que se quiere vestir de eterno.
¿Dónde está mi mamá? Aunque yo esté sufriendo estoy seguro que mi pobre madre estará sufriendo más que yo, más que que todos a los que talvez le esté dañando mi ausencia. ¿Se estará vistiendo mamá de negro? Coño, coño, coño... Sé que seguir no suena lógico, pero darme por vencido y declarararme perdedor no está en mis planes, quiero recordar el perfeme de madre que seguramente emanaman sus manos y sus compasivos ojos. Donde estoy ahora, Dios mío, donde estoy ahora no existe felicidad. Javier se siente impotente, no puede hacer nada, se le escapan los planes que tenía de tener una hija y un hijo, de jugar con ellos, de enseñarles todas las cosas que él ya sabe. La que mas me da pena es ella, porque nunca podrá ser madre, porque nunca podrá experimentar lo que seguramente está experimentando mi propia madre ahora mismo. Ese dolor que quiere arrancarte la vida y que al mismo tiempo te hace sentir tan viva. ¿Dónde estas mamá? Te necesito, necesito acordarme de tus ojos, de tu piel y tu pelo, talvez si me acuerdo de ti me pueda acordar de mi mismo.